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Las ciudades del fin del mundo

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Fue hace doce mil años, con la aparición de la agricultura, que el hombre pasó de ser nómada a sedentario. En ese momento de la historia de la humanidad, la tribu se asienta y comienza un nuevo estilo de vida donde la convivencia y la asociación serán determinantes en la transformación de los territorios donde comenzaron a surgir las primitivas comunidades que más tarde serian ciudades.

Con estos asentamientos surgen los primeros esbozos de los que serían los conceptos de espacio público y espacio privado, (lo mío, lo tuyo y lo común) y es sobre esa base que comenzarían a formarse las primeras ciudades que siempre tuvieron como centro la plaza, el mercado, el templo o cualquier lugar común que funcionara como punto de encuentro o reunión.

El espacio público siempre ha sido utilizado para realizar actividades que trascienden de lo individual a lo colectivo. La religión, la política, el comercio y la recreación pertenecen a ese grupo de actividades que no pueden ser realizadas en solitario, pues dependen del intercambio social, imprescindible para la humanidad, y ahora en peligro de extinción por consecuencia de este estado de cosas que hemos llamado “covidianidad”.

Por estas razones, el impacto del encierro colectivo impuesto por el coronavirus no solo es devastador para los individuos, sino que lo es también para las sociedades, que aunque se han visto encerradas en momentos especiales como pandemias pasadas y las dos guerras mundiales, en ningún momento había vivido una situación tan traumática como la que hoy nos ataca.

Esto es, porque el mundo de hoy es eminentemente social, hiper-conectado e hiper-relacionado, más de la mitad de la población mundial vive en ciudades que para funcionar precisan de un intercambio social permanente, rápido, intenso y catalizador de relaciones que generen activos ideológicos, comerciales, intelectuales, tecnológicos y sociales que mantengan en funcionamiento la compleja estructura del mundo moderno.

La ciudad es una construcción social, pero esta condición intrínseca se ha convertido por primera vez en una amenaza para la humanidad que observa con estupor como las calles, parques, plazas, estadios, iglesias y teatros se han transformado en el campo de reproducción del terrible coronavirus quitándonos el antiquísimo ritual del encuentro y la reunión.

Al día de hoy no es cuantificable ni imaginable el impacto que el encierro colectivo tendrá sobre las sociedades, individuos y las ciudades. Es probable que estos cambios en la cotidianidad sean irreversibles y que la virtualidad se convierta en la normalidad, lo más seguro es que nuestras ciudades jamás vuelvan a ser como las conocemos y que el desuso de los espacios públicos nos obligue a pensar en otras formas de organización urbana y territorial.

En fin, el aislamiento social dejará terribles consecuencias para la sociedad porque contradice toda la historia de la humanidad. Después de esto ya nada será igual, ni nosotros ni nuestras comunidades. Todo va cambiando segundo a segundo en estas ciudades cuyas configuraciones de pronto van cayendo en el absurdo. Nos ha tocado habitar en las ciudades del fin del mundo.

Arquitecto Geraldo Fernández

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